Entrevista a The Photographer, leyenda viva del arte urbano furtivo
En este artículo entrevistamos a The Photographer, uno de los artistas urbanos más presentes en las calles valencianas desde 2011.
Pregunta: ¿Cómo se te ocurrió tu apodo: The Photographer?
Respuesta: Mi identidad en la escena urbana se articula en dos planos complementarios: el icono visual y la firma textual.
The Photographer, mi icono, nació de manera fortuita en 2011
A partir de un autorretrato frente al espejo de un baño en una casa abandonada. En la imagen llevaba un sombrero fedora de invierno y sostenía mi vieja cámara Sony Cyber-shot F717 con un gran angular.
Al convertir esa foto en una plantilla para un esténcil y eliminar los tonos grises, mi rostro quedó oculto tras el objetivo. El resultado fue una figura enigmática, casi la de un espía urbano.
mrbt62, mi firma, es una condensación de mi biografía.
Surge de las consonantes de Morabito (M-R-B-T) y del número 62, que alude a la edad en que dejé de ser solo testigo de la obra furtiva de otros para pasar a intervenir activamente en la escena urbana.
P: ¿Vives con pasión ser artista callejero? ¿Qué te aporta a tu vida y qué legado quieres crear?
R: Lo vivo con una intensidad absoluta; el arte urbano furtivo es, literalmente, mi segunda vida. Intervenir la ciudad es para mí un acto de resistencia frente a la idea de que, al llegar a cierta edad, uno debe
retirarse de la vida activa y creativa. Rechazo esa lógica porque, en mi caso, salir a la calle me da libertad y vitalidad.

En lo personal, esta etapa es la mejor de mi vida. No solo por la incesante actividad creativa, sino también por las personas que he conocido a través de The Photographer y que han transformado mi manera de vivir la setentena: con densidad y emoción. A la vez, soy muy consciente de la distancia creciente entre lo que pienso y lo que mi cuerpo puede hacer; esa brecha forma parte natural del tiempo.
En cuanto al legado, no busco aplauso ni fama. Me basta con que mi obra siga hablando por mí cuando ya no esté. Quiero que The Photographer permanezca en las calles y en la memoria de quienes lo han visto, formando parte del imaginario de la ciudad.
Como el arte urbano es efímero, he creado mi propio archivo: más de 22.000 fotografías en Instagram, además de dos libros. El primero, The Photographer. Arte urbano furtivo, publicado en noviembre de 2024, y un segundo libro en preparación, La épica del arte urbano furtivo, previsto para finales de 2026. Así, mi icono podrá seguir vivo más allá de mí.
P: ¿Quiénes te inspiraron y cuándo nació tu idea de ser The Photographer?
R: Mi evolución tiene dos etapas claras: primero, la de ser ojo que documenta; después, la de ser la mano que actúa. Al principio me dediqué a fotografiar a pioneros de la escena urbana de Valencia como
Hyuro, Escif, Deih, Xelon, Vinz Feel Free, David de Limón, La Nena Wapa y Barbiturikills.
Me marcó especialmente un encuentro con Hyuro en un callejón de Velluters: me dejó fotografiarla mientras pintaba, pero me pidió que no le sacara la cara. Ese gesto me hizo entender la importancia
del anonimato y del respeto por la identidad.
A nivel internacional, mis referentes que no imitados son Blek le Rat, Jef Aerosol y Nick Walker. También me ha influido la insistencia visual de Shepard Fairey, la obra de una persistencia inquebrantable de Walter Josef Fischer (OZ) de Hamburgo, el trabajo de Pezessspolla (Barcelona), a quien considero, además de amigo, el ejemplo más puro de arte urbano furtivo y la constancia metódica de LUCE (Valencia).
The Photographer nació sin que yo fuera consciente de ello en aquel autorretrato de 2011. La transición de fotógrafo a creador en 2015. Fue decisivo conocer en 2014 al estencilero mexicano Karas Urbanas y
participar después en un taller suyo en Valencia, donde, por primera vez, cogí un espray y pude pintar mi primer esténcil en un muro.
P: ¿Cómo trata la ciudad a The Photographer?
R: Valencia me trata con una fascinante ambivalencia. Por un lado, me vigila, me persigue con ordenanzas cívicas y borra muchas de mis intervenciones con rapidez.
Por otro, la misma ciudad acaba integrando mi trabajo en su circuito cultural: me incluye en rutas turísticas, me encarga un mural legal y, en ocasiones, respeta perfilando cuidadosamente mis piezas en la calle.

A nivel cotidiano, percibo complicidad entre la gente y curiosidad por parte de algunas autoridades. Mi apariencia de “señor mayor” rompe por completo el estereotipo que se suele asociar al vandalismo.
P: Cuando sales a intervenir como The Photographer, ¿cuál es tu propósito?
R: Mi práctica se ampara en lo que llamo Creatividad Pública Independiente, concepto acuñado por Javier Abarca, esto es, actuando por iniciativa propia, libre de control externo y sin intereses comerciales.
Mi propósito fundamental es el getting up, ese impulso de ser visto. No salgo a la calle con ningún mensaje; para mí, la acción, la presencia y la repetición son el mensaje. Concibo la ciudad como un gran lienzo compartido, donde cada intervención es un nodo más a una red visual que se extiende en el espacio y en el tiempo.
A través de la insistencia y la repetición masiva de mi icono, busco romper la monotonía urbana y provocar una pausa reclamando la mirada del ciudadano. Ahí tiene mucho que ver el circulo del rojo inesperado. El feedback que recibo a menudo en redes demuestra que esa comunicación existe, incluso cuando artista y espectador no coincidan nunca en el espacio ni en el tiempo.

P: ¿Qué lecturas recomiendas para los que se inician?
R: Al poco de bajar a la calle, vi que necesitaba un marco teórico que me ayudara a entender mi práctica más allá del mero vandalismo. Estas son algunas referencias y lecturas que considero fundamentales:
La web de URBANARIO, de Javier Abarca
Una referencia imprescindible en castellano para estudiar grafiti y arte urbano.
“Del arte urbano a los murales, ¿qué hemos perdido?”
Artículo de Javier Abarca: un texto clave para entender la idea de Creatividad Pública Independiente. Lo que es y lo que no es.
La tesis de Abarca (2010)
El postgrafiti, su escenario y sus raíces: útil para comprender las conexiones entre grafiti, punk, skate y contrapublicidad.
Getting Up, de Craig Castleman
Una obra básica para entender la ocupación del espacio y la insistencia visual en el grafiti.
El manifiesto Obey, de Shepard Fairey
Un ejemplo claro del poder de la repetición de un icono.
La tesis de Belén García Pardo, El arte urbano en Valencia (2000-2015)
Origen, desarrollo, tipologías y valor patrimonial: un mapa muy valioso de la escena valenciana.
El arte de vivir con sencillez, de Shunmyo Masuno
Una lectura que ayuda a comprender la impermanencia y el desapego.
La obra de Fernando Figueroa Saavedra
Un referente académico fundamental para estudiar con rigor y profundidad el grafiti y el arte urbano en España.
Wabi-Sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos, de Leonard Koren
Ideal para entender el desgaste, la fragilidad y la belleza del deterioro. Su repetida lectura ha cambiado mi forma de mirar el mundo.
P: ¿Crees que, como los combatientes que necesitan la adrenalina de la guerra, ser artista callejero es adictivo?
R: Sí, lo es. Yo lo llamo “la enfermedad de pintar”. En cuanto cruzas la línea de lo prohibido y consigues colocar tu primera pieza en la calle, entras en un camino del que ya no es fácil volver. Hay una mezcla de adrenalina, miedo, atención extrema y euforia que termina por engancharte. Después de la primera pieza ya no hay marcha atrás.

La ilegalidad no es un detalle secundario: forma parte de la intensidad del acto furtivo. El olor del espray, la vigilancia, el sigilo y la posibilidad de ser visto cuando no quieres serlo generan una energía muy particular.
Esa adrenalina de la que tú hablas te hace ser más prudente, más cuidadoso, más organizado para que no te bloquee. Cuando trabajas en la calle entras en un estado de flow que te desconecta de la edad, el cansancio y del ruido mental cotidiano. Es algo inexplicable.
P: ¿Cómo es un día en tu vida con esa dualidad en la que vives, un álter ego civil y otro artista callejero anónimo?
Mi vida cotidiana es un desdoblamiento constante entre el yo civil y el yo furtivo. De día soy un hombre jubilado de 73 años, un “señor mayor” al que la gente, con frecuencia, cede el asiento en el autobús o en el metro. Llegado el momento, cambio de registro.
El taller es el espacio donde preparo las piezas de mis próximas intervenciones; después, al caer la
noche, salgo con mi mochila a recorrer la ciudad en silencio.
Habitualmente actúo en solitario.En ocasiones me acompaña la fotógrafa Isabel Valentín, quien inmortaliza estas fugaces acciones callejeras aportando un testimonio visual único.
Mi invisibilidad táctica me permite observar, escuchar y, a veces, incluso mezclarme con los recorridos turísticos para oír cómo se interpreta mi obra desde fuera.
Esa dualidad tiene también un coste emocional. Vivo con cierta paranoia residual, atento a las luces azules o a cualquier carta certificada del Ayuntamiento. A eso se suma, internamente, el síndrome del impostor, esa duda recurrente sobre mi propio trabajo, aunque esa inseguridad se compensa con el fuerte impulso de seguir saliendo sin descanso a la calle.
P: ¿Quiénes son los enemigos que te impulsan a reivindicar las calles para los artistas?
R: En la calle me enfrento a varias fuerzas opuestas. La primera es la cultura depredadora de quienes arrancan piezas de los muros para venderlas (he visto piezas mías en Wallapop) o convertirlas en trofeos privados.
La segunda es la publicidad comercial, que invade el espacio sin respetar el contexto visual ni las obras ajenas. A esto se suman las brigadas de limpieza, que uniformizan la ciudad, y algunos vecinos que llaman a la policía ante cualquier mínima alteración de ese orden gris.
Pero, en realidad, mis enemigos más persistentes son internos: el miedo, la inseguridad y esa voz que a veces intenta frenarme desde dentro. Por suerte, la propia calle se encarga de derrotarlos ofreciéndome apoyo y complicidad.
P: Tendrás miles de aventuras en tus salidas, ¿quieres contar alguna que te marcó?
He vivido muchas situaciones curiosas en las que se rompe mi anonimato. A veces la gente me sorprende pegando un sticker o un paste-up y se acerca con preguntas como: “¿Eres tú?”, “¿Me puedo hacer
una foto contigo?” o “Yo creía que The Photographer era un grupo”.
Suelo regalarles una pegatina o una chapa para que se lleven recuerdo del encuentro. Otras veces, el reconocimiento se expresa con gestos mínimos: una mirada, dos dedos apuntando de sus ojos hacia los
míos, un pulgar en alto en señal de complicidad silenciosa o un comentario del tipo “me gusta mucho lo que haces”.
También recuerdo una noche en la que salí con un colega de Barcelona a pegar en alto. Su padre tiene exactamente mi misma edad, 73 años. Ese dato me hizo reflexionar sobre la dimensión del tiempo dentro de la escena: la calle no es solo para los jóvenes; también estamos los que insistimos, los que nos movemos y aún creemos que en la ciudad nunca es tarde.
En otra ocasión, durante un viaje en autobús rumbo a Barcelona, mi compañero de asiento resultó ser policía. La conversación, desde mi absoluto desconocimiento, empezó con total naturalidad y terminó en
una imprudente confesión inesperada que convirtió el resto del trayecto en un silencio absoluto.
Pero uno de los momentos más emotivos llegó cuando una seguidora de Florida me escribió para mostrarme un tatuaje de The Photographer en su antebrazo; me explicó que aquella silueta había acompañado una etapa decisiva de su vida en Valencia. En ese momento entendí que la obra ya no pertenecía únicamente a los muros: también podía vivir en la piel de otra persona. Hoy ya existen cinco tatuajes de The Photographer.
Gracias por plantearme estas cuestiones. Han sido el ejercicio perfecto para mirar hacia dentro sin perder de vista la silueta de The Photographer en la calle.
