Netanyahu y la vivienda
¿Pero qué tendrá que ver una cosa con la otra? Aparentemente, poco, más allá de ser dos protagonistas recurrentes en multitud de portadas y de ‘tweets’. Sin embargo, no se trata de un título que busque polarizar o criticar a un partido político concreto, aunque sí haya mucha política detrás.
Lo que se propone es, en cambio, analizar la crisis de la vivienda no como un fenómeno aislado, sino como síntoma del deterioro del orden internacional que está agudizándose durante estos últimos años. Un cambio de paradigma mundial del que Benjamin Netanyahu es uno de sus mayores exponentes.
Las redes sociales, la política show y los medios de comunicación nos transmiten la realidad como un conjunto de eventos inconexos
Desde siempre, pero cada vez más debido a la influencia de las redes sociales y la ‘política show’, los medios de comunicación nos transmiten la realidad como un conjunto fragmentado de eventos inconexos entre sí, sin dejar espacio para el análisis y la reflexión.
Cambiemos eso por un segundo y echemos la vista atrás para ver de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí: hace 80 años se instauró un nuevo orden internacional liberal liderado por Estados Unidos, basado en economías de mercado y la cooperación entre las grandes beneficiarias del sistema: las democracias occidentales.
Este paradigma permitió, en sus mejores momentos de esplendor, la creación de organismos internacionales de gran importancia, especialmente durante los años 40 y 50, tales como Naciones Unidas, la Comunidad Económica Europea o la OTAN. Así permaneció el statu quo hasta la década de los 2000, incluso al acabar la Guerra Fría, cuyo fin no interrumpió la pax americana. Al contrario: permitió su expansión a nuevos países de todo el planeta.
Sin embargo, la comparación de los 50 o los 90 con lo que vino después de la crisis de 2008 y, sobre todo, después de 2020 con la pandemia de COVID-19, luce muy diferente: no se crean organismos internacionales, sino que los ya existentes están en sus horas bajas.
Cada vez sale más barato quebrantar las normas
Hoy en día predominan el unilateralismo y la desconfianza, han aparecido nuevas potencias capaces de mirar a EEUU a la cara y cada vez sale más barato quebrantar las normas (es decir, interferir o incluso penetrar por la fuerza en territorio extranjero) ya que no existe una respuesta efectiva por parte de la comunidad internacional a cualquier agresión de un estado a otro (Rusia sirvió de ejemplo invadiendo a Ucrania y ahora son muchos los casos que están siguiendo su ejemplo).
El propio gobierno de Israel es causa y consecuencia de ello: su política exterior agresiva y expansionista sobre varios territorios de Oriente Medio crea tensiones y desestabiliza la región, legitimándose a sí mismo como una potencia militar de primer nivel que lucha por sobrevivir en un entorno hostil.
También la pandemia dejó constancia de un factor clave: la vulnerabilidad de una cadena de suministro globalizada. Que el comercio de bienes y recursos sea tan fácilmente interrumpible (por conflictos en puntos calientes o chokepoints como Ormuz y Malaka o un ‘simple’ atasco de un buque en el Canal de Suez) es otra herida directa al corazón del mundo globalizado.
Esta sensación de desconfianza en las instituciones para proteger el bien colectivo se traslada también a la ciudadanía europea, y en especial a los jóvenes.
Tras dos crisis con efectos muy negativos en la economía, la sociedad de las democracias modernas ha dejado de creer en la expectativa del orden neoliberal de que todo irá mejor indefinidamente. La promesa del progreso indefinido impulsado por el avance tecnológico no ilusiona a la generación de jóvenes españoles que, por primera vez en la historia, vivirá peor que sus padres.
La infantilización de quién no es capaz de ahorrar para acceder a la vivienda
Este auge del unilateralismo, un auge del “yo me lo guiso, yo me lo como”, tiene una consecuencia idéntica en la juventud española: la mentalidad del hiperindividualismo, que nos exige competir para sobrevivir sin importar las dificultades que atraviesa el otro. Cuando las instituciones dejan de ofrecer respuestas colectivas, el individuo acaba convencido de que solo puede confiar en sí mismo.
Esta lógica posibilita, por tanto, la infantilización de quien no es capaz de ahorrar para acceder a un bien básico como es un hogar por parte de los privilegiados: aquellos que sí son propietarios.
Lo más triste es escuchar la excusa que al podcaster de turno se le ocurra. Qué pena que no puedas ahorrar, pero claro, tus padres no se iban de viaje cada año. ¿No naciste en Madrid y vienes de la periferia (es decir, todo el resto del territorio nacional viene a ser periferia de Madrid)? Es que la gente solo quiere vivir en las ciudades mientras en los pueblos regalan viviendas enteras.
Lo siento, pero tendrás que trabajar duro para ahorrar… mientras tienes que compartir hasta el Listerine con cuatro personas más en tu piso.
La ecoansiedad: una filigrana que relaciona el medio ambiente con la salud mental
Y, por si fuera poco, queda la guinda del pastel: la ecoansiedad. Parece un palabro extremadamente woke, sí, una filigrana que relaciona el medio ambiente con la salud mental. Sin embargo, animo al lector escéptico a plantearse si una promesa de futuro hecha pedazos, un camino hacia la adultez precario, el estancamiento de los salarios y la sensación de que se acaban todos los recursos del planeta es una perspectiva razonable para buscar un hogar estable y formar una familia.
Sin ir más lejos, los conflictos en Oriente Medio nos recuerdan que el bienestar depende de unos recursos que no están tan garantizados. Cada crisis energética causada por una guerra provoca un aumento de la inflación, obliga a mantener los tipos de interés altos y erosiona más nuestra confianza en el futuro. Es fácil que un inquilino fuera de su hogar familiar encienda esa televisión de su salón sin ventanas (si es que lo tiene), vea el percal y se lo piense dos veces.
La vivienda representa mejor que ningún otro problema el fracaso de la promesa de progreso.
Netanyahu y la vivienda parecen asuntos completamente distintos, ya que uno pertenece a la geopolítica y el otro a la política local. Sin embargo, ambos hablan del mismo mundo: uno en el que las reglas comunes pierden fuerza frente al interés inmediato y donde la ilusión de un futuro mejor deja paso a la gestión permanente de las crisis.
El primer ministro israelí es un símbolo vivo del antes y el después. Del cumplimiento de las reglas comunes a la lógica de la fuerza para sobrevivir. Quizá por eso los jóvenes ya no hablamos únicamente de alquileres o de guerras. Hablamos, en realidad, de incertidumbre.
